Anécdota

Obispo de Córdoba (1881-1883)

Es una calurosa tarde del mes de enero de 1883. Un grupo de viajeros venidos de la Capital Federal, recorren las silenciosas calles de aquel entonces, antes de proseguir su viaje  “las sierras”.

El triste tañir de campanas, les hace dirigir sus pasos hacia la vetusta Catedral, cuyas puertas imponentes torres dominan la ciudad. A su alrededor se advierte un inusitado movimiento: hombres y mujeres, niños y ancianos de la más variada condición social, entran y salen del templo en ininterrumpida caravana, apesadumbrados y cabizbajos.  

– “¿Qué ha sucedido?”, osa preguntar uno de los viajeros a un chiquitín que permanecía a la entrada del templo.

– “¿Cómo?, le responde una mujer que cargaba en sus brazos a su pequeñuelo, ¿Es usted  forastero, que no sabe la gran desgracia que nos ha ocurrido?… Se nos ha muerto el “Padre de los Pobres”. Efectivamente, -le responde- estoy de paso por esta ciudad y no sé de quien se trata.

– “Pues, entre y verá…”

Mucho le costó al forastero abrirse paso por entre la abigarrada multitud que rodeaba el féretro en que yacía, con su sayal franciscano, por mortaja y una sencilla cruz de madera sobre el pecho, como única insignia de su carácter de Obispo, Fray Mamerto Esquiú.

La muerte no había aún desfigurado los rasgo de tranquila bondad y de viril energía que distinguieron su fisonomía.

Oraciones entrecortadas por suspiros de dolor, rosarios y medallas que las mujeres se esforzaban por tocar e el cadáver, eran otras tantas expresiones de los sentimiento que embargaba los corazones.

– “Era un santo”, contesta un anciano, al preguntarle el forastero por el significado de aquella escena, y convidándolo a salir del templo, le dice: – “Venga usted conmigo y le explicaré”… “Sólo nos ha durado dos años como Obispo… Es que no se acordaba de descansar por atender a todos; no había lágrima que no enjugara, ni necesidad que no tratara de remediar… Ninguno que le tendía la mano quedaba si recibir algo, a pesar de que él nada tenía…”

– “¿Y usted le pidió algo?

– “Oh, señor, él me dio mucho más que dinero, porque llevó la paz a mi hogar… Le contaré… Andábamos mal con mi mujer, en constantes desavenencias y acudimos a él, por consejo de un vecino. Con su palabra suave pero persuasiva, nos llevó, a mi mujer y a mí a reconocer nuestra mutua intolerancia y reavivar nuestro primer amor.. Salimos transformados y felices. Entonces comprendí lo que el vecino y tantos otros me decían, “es un santo”. Con la voz entrecortada por la emoción, el anciano prosiguió: “Que Dios lo tenga en su gloria”, y apretando sus manos al forastero, se perdió entre la multitud.

Absorto y pensativo, nuestro hombre se preguntaba a sí mismo: “¿Será verdad todo esto?”, y buscando con la mirada quien le respondiera, fua a sentarse en el banco que bordeaba la pared del templo, al lado de una joven pareja. “Y penar que solo hace un año que nos casó”… exclama la joven, “¿A quién acudiremos ahora en nuestras dificultades…?”

– “Me permiten, señores, interrumpe el forastero, que les haga una pregunta, ¿conocieron mucho ustedes a este Obispo?, ¿lo trataron familiarmente?

“Como que éramos catamarqueños como él, responde el joven entusiasmado; nació entre las nieves de nuestra Cordillera,…

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